miércoles, 12 de marzo de 2008

EXIGENCIAS DE AUTOINDULGENTES




El gran Pedro Sartén (ver link del blog a la derecha) me ha inspirado, con uno de sus microcuentos, un post para el que requiero su colaboración. Espero que no se me enfade, ya que voy a copiar una frase que resulta muy explicativa:
"En su blog tenía escritas (las conté) 134 características de su amor ideal."
A título personal o no, me gustaría que me dijeran las exigencias más peregrinas, ya sean propias o ajenas, que algunas personas (personajillos, a veces), ya sean hombres o mujeres, tienen de su pareja ideal. Yo aportaré la primera:
Conozco una persona que dice que su pareja ideal no debe nadar si no sabe. Es decir, que no azote el agua, que no chapotee,... si no sabe nadar dignamente, que dignamente no nade. Y digo yo, ¿¿¿??? ¿De verdad una persona pierde todo sex appeal si nada sin estilo? ¿No puede la criaturita hacer el cafre en el agua sin más? Al final y al cabo, ¿lo importante no es que al menos se remoje...?

jueves, 6 de marzo de 2008




Como una lucha absurda de peines contra cucharas. Una lucha que no tiene justificación ni ley natural. Por que no hay ley que defienda esto. ¿Dónde está la ley que defiende mis brazos y mi sangre? ¿Dónde la brecha que separa tus púas de mi acero? Este acero endeble de cuchara vencida de tantos lavados bajo el agua fría, de tantos fregoteos bajo la caricia hostil del estropajo. Se me clavan tus púas en la carne seca de tanto desangrarme, tus púas engordadas con mi sangre. Maldita sea mi estirpe de cuchara maldita. Quisiera ser cuchillo, tenaza, alicate. Quisiera ser martillo y aplastarte. O artículo de lujo que se exporta a lugares lejanos, a casas de postín, respetables y respetadoras.

De momento me vale con desparecer de tus cajones. Que un día abras, uno tras otro, los de siempre, y no encuentres nada inusual. Todo colocado escrupulosamente, como a ti te gusta. Los paños doblados por la mitad, y luego en tres pliegues, en el tercer cajón empezando por arriba. Las toallas siguiendo el mismo procedimiento en el armario del pasillo. Las camisas siguiendo un orden de colores, cada percha a la misma distancia de la anterior. La alfombra de la entrada con sus flecos perfectamente colocados apuntando hacia la puerta. La cocina impecable, con los suelos brillantes, la encimera centelleando bajo los halógenos. Las cinco flores frescas en su vaso de tubo sin rodetes.
Recorres las estancias, sorprendido, aunque tampoco demasiado, de que no esté arrodillada en la puerta con tus zapatillas en mis manos para descansar tus pies del largo día. Caminas hasta el fondo de la casa, sin descolocar ni uno solo de los flecos de las alfombras. Ojeas las estancias silenciosas. Ni rastro de esa estúpida cuchara, piensa tu cabeza de peine, con sus neuronas sueltas e inconexas. No descubrirás hasta más tarde, cuando tus púas gruñan por arañar mi pelo, y abras la nevera desquiciado, la nota mi adiós definitivo.